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¿Delincuente por decisión?

Al verlo esposado su “mujer”, de apenas 17 años, lloraba desconsolada. El joven estaba implicado en el asesinato de uno de sus mejores amigos y los llamados líderes comunitarios del barrio lo entregaron a la Policía para que no muriera en un “intercambio de disparos”.

No era la primera vez que Jorge Luis Tejada se veía involucrado en actos delictivos, sin embargo, cuando tendió sus manos al frente y le colocaron los grilletes afirmó: “Nunca he matado a nadie, lo mío es atracar en los callejones y bucámela, pero yo no mato”. En ese momento, a su madre, quien profesa la religión evangélica pentecostal, le rodaron dos lágrimas por las mejillas y entre sollozos clamó a Dios para que su hijo se tranquilizara.

“Mire, ya la Policía le ha hecho encerronas y este muchacho llega vivo a mi casa, por eso pienso que Dios tiene un propósito con él, pero no he podido hacerle entender que no debe seguir atracando y robando. ¡Ay!, un día me lo traerán muerto”, se lamentó la señora.

Sin embargo, ni las lágrimas de su esposa y su madre fueron suficientes para que Jorge Luis recapacitara y viera las consecuencias de sus actos.

A sus 20 años, Jorge terminó el octavo de primaria y nunca más regresó a la escuela para continuar su preparación académica. En Capotillo, el famoso barrio ubicado en la parte norte de la capital, donde se crió, aprendió el “tigueraje” de los callejones, la jerga de los vendedores de droga y el silvido de los ladrones para comunicarse en las noches.

Las veces que la muerte ha estado tan cerca de él, que si no fuera por un milagro no lo contaría, no han servido de lección para que siente cabeza. A forma de chiste recuerda cómo se ha burlado de los policías y ha salido con vida aún cuando las balas le pasan tan cerca que ha podido escuchar el sonido que producen debido a la velocidad con que viajan con dirección a su cuerpo.

Promesas ha hecho muchas a la madre que se desvela mientras él no llega a la casa, pero amenazas también. “Cuando yo hago una vaina me voy pa’ Santiago y de allá llamo a la doña pa’ que me mande dinero. Le digo que si no me manda lo cuarto me pongo a atracar allá y ella resuelve”, explica sin imutarse.

Antes de llevárselo lo entran a un cuarto, lo desnudan, lo fotografían por todas partes y le dicen al “comandante” que se lo lleva sin un rasguño. Quizás no tiene un rasguño reciente, pero en su cuerpo delgado tiene marcas que reflejan su vida involucrada en el delito y algunos tatuajes.

Antes de irse me mira y aclara: “No todos en Capotillo son como yo, aquí en el barrio hay pila de carajitos buenos, pero también hay muchachos como yo que no se llevan de consejos y nos metemos en pila de líos. Yo no maté a ese muchacho y cuando me suelten me voy a poné a bucámela vendiendo plátano, quiero que mi mamá ya no coja lucha conmigo”.

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