Opinión

Pérdidas irreparables

La muerte es algo tan natural como la vida. Todos desde el momento del nacimiento sabemos que un día dejaremos de respirar definitivamente.Sin embargo, nadie tiene la preparación para afrontar la pérdida de un ser querido, mucho menos cuando se trata de un hijo.

A veces el ciclo natural de la vida se interrumpe bruscamente y no es el hijo quien despide para siempre al padre, sino el padre al hijo. ¿Cuán inmenso será ese dolor?. Esa pregunta me la he formulado decenas de veces; pero este año dos hechos me han llevado a reflexionar sobre ello, las muertes inesperadas de Johan Manuel Soto Romero y Francis Emilio Báez Martínez.

Johan, hijo único de mi amiga Sarah Romero, murió trágicamente en un accidente de tránsito. Tenía 24 años y había proceado un hijo, a quien dejó en la orfandad con apenas un año. A su corta edad disfrutó plenamente su vida, era alegre, entusiasta, carismático y humilde.

Francis Emilio, fue un hijo anhelado por sus padres, mis compañeros de bachillerato Francis Báez y Maxima Martínez. Pero tan pronto como llegó a sus vidas, partió. Sus horas en la tierra permitieron que sus padres conocieran su rostro y lo pudieran recordar eternamente.

Desde las redes sociales seguí ambas pérdidas irreperables y sumamente triste me cuestioné cientos de veces ¿por qué?,pienso que lo mismo hicieron Sarah, Francis y Maxima.

De un momento a otro la felicidad plena es sacudida por una noticia inesperada. Ninguna madre está preparada para recibir una llamada en la que le anuncien que su único hijo ha muerto. Asimismo, no hay mujer que lleve un hijo en sus entrañas por nueve meses preparada para escuchar que ha fallecido y no podrá arrullarlo en su pecho.

La pérdida de ser querido deja un dolor que puede permanecer durante toda la vida. El psicólogo Juan Pedro Valencia afirma que  en el caso de un hijo, el impacto es una de las emociones negativas más fuertes que se pueden experimentar. Esa experiencia será distinta para cada uno de los padres, que vivirá la situación con iguales reacciones pero con formas particulares de mostrarlas o reprimirlas.

Tanto Sarah como Maxima, creyentes en Dios, han buscado refugio en él para superar el dolor por la muerte de sus hijos. Creyentes en la promesa del Señor, creo yo, esperarán el día en que puedan tener un reencuentro eterno con sus retoños.

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